Napoléon (2023)

2026-04-03 6 min

No puedo decir que Napoléon me haya desagradado, pero tampoco me ha apasionado. Es una película correcta, incluso por momentos notable, pero que en su conjunto dista de ser una obra memorable.

Resulta llamativo que un personaje tan controvertido como Napoleón, cuya historia podría entenderse como la lucha de un hombre contra el mundo —o, si se prefiere, contra su propio destino—, no consiga transmitir la épica y trascendencia que realmente supuso. Su influencia alcanza el derecho civil, el nacimiento de las naciones tal y como hoy las entendemos, la organización territorial o la propia administración de los Estados, amén de muchas otras cosas. Napoleón no fue únicamente un genio militar, sino una bisagra entre dos épocas.

Sin embargo, nada de esto se transmite en la película, que prefiere centrarse casi exclusivamente en el personaje y en su círculo más cercano, por momentos como si de un culebrón se tratase. No es casual, en ese sentido, el paralelismo con el Pablo Escobar de la serie Narcos. Ambos parten desde muy abajo, pero terminan siendo capaces de poner al mundo en jaque, mientras se exploran sus incertidumbres e inseguridades más personales.

Otra película que me viene a la mente es The Theory of Everything, el biopic sobre Stephen Hawking. Una película que, en lugar de apostar por la divulgación y los logros de un hombre, centra el relato casi exclusivamente en su drama personal.

Y aunque ese drama es potente en sí mismo, uno no puede evitar preguntarse qué queda de la figura y del modelo cuando todo termina difuminado por ese enfoque de miseria personal.

Pues esto es, en el fondo, lo que ocurre con Napoléon: una oportunidad de contar una historia con múltiples aristas, desperdiciada en favor de un tono cercano al melodrama. La película se recrea en lo íntimo y lo trivial del personaje, pero descuida lo esencial de la historia, lo que permitiría comprender su verdadera dimensión, casi mítica.

En este contexto, el trabajo actoral cobra un peso especial. Y es justo reconocer que Joaquin Phoenix, a quien suelo encontrar excesivo, aquí realiza una interpretación muy digna como Napoleón.

Por otro lado, tenemos a Joséphine, interpretada por Vanessa Kirby, retratada como una mujer empoderada. Por momentos, el personaje parece construido desde ciertos códigos muy actuales —como si su comportamiento, e infidelidades, se leyera en clave de modernidad—, lo que genera cierta disonancia con el contexto histórico. Esta aproximación acaba funcionando como otro síntoma de esa tendencia a trasladar sensibilidades contemporáneas a relatos de otra época.

También es cierto que el personaje baja el perfil a medida que avanza la película y se hace algo más soportable.

En cuanto a la interpretación de la propia Vanessa Kirby, en lo personal no me termina de convencer. Vale que la mujer tiene unos ojos enormes y muy expresivos, pero no creo que dé con el tono del personaje. Parece estar fuera de lugar la mayor parte del tiempo.

El resto de actores, aunque no tengan demasiado metraje o protagonismo, en lo general están todos bien. Esto es no solo gracias a los propios actores, sino sobre todo al fantástico trabajo en fotografía, localizaciones y vestuario. Por momentos, uno parece pensar que está viendo pinturas de la época cobrando vida. Incluso las escenas de las batallas, sin ser memorables en exceso, son meritorias, aunque los momentos de CGI no terminen de encajar. Lo mejor del filme, sin duda, es la ambientación.

Puede que uno de los grandes problemas del filme sea haber elegido una narración lineal para un argumento de por sí bien conocido. Una historia basada en un personaje tan fascinante y del que tanto se ha escrito se habría beneficiado de una narración con elipsis temporales. De hecho, creo que podría haber empezado por el final o incluso en las reuniones que Charles-Maurice de Talleyrand mantuvo con el resto de dirigentes europeos para mantener Francia unida y sin una gran deuda, para acto seguido ir al principio o a la batalla de Austerlitz.

Creo que es acertado dejar para el final la gran batalla de Waterloo, donde Napoleón fue vencido por la Séptima Coalición. Me gusta el detalle de ver al Duque de Wellington suspirando ante la llegada de los prusianos —no las tenía todas consigo.

Otro gran problema que le veo a esta Napoléon es la sombra de Stanley Kubrick que recorre la obra. Kubrick estuvo muchos años trabajando en la adaptación de Napoleón y, como no pudo llevarla a cabo, hizo la soporífera y fascinante a partes iguales Barry Lyndon. Se nota que Ridley Scott, sabiendo de ello (¿y quién no?), se mete en esta obra, ya de por sí muy difícil de adaptar, emulando ese tono frío y pausado que solo Kubrick sabía manejar. Steven Spielberg ya lo intentó con A.I. Artificial Intelligence y también le ocurrió algo parecido: otra película que no molesta, pero que tampoco termina de ser la gran obra que se pretendía.

Si tuviera que elegir un momento favorito de la película, me quedo con la expedición en Egipto. Toda esa secuencia me parece maravillosa.

Napoléon es una película que creo que sí vale la pena ver. No te aburrirás, pero tampoco saldrás dando palmas. ¡Ay!, qué lejos quedan aquellas películas de Ridley Scott que tenían alma. Aunque es meritorio que un señor de su edad se siga metiendo en estos berenjenales.

Por cierto, hay una versión extendida que añade 48 minutos más de metraje a las ya de por sí extensas 2 h 30. Puede que mejore algunas cosas, pero no seré yo quien lo confirme. Como ya he dicho, la película es para verla una vez y basta.